Diógenes levantó su propia cabeza por los pelos,
como un farol,
para no encontrar nada
en la selva oscura,
dominaba la visión el espacio negativo,
y la oscuridad era plana,
—para Diógenes, la masa urbana se movía en
la simulación,
sacrificando su juicio interno a cambio del sostén
de la polis, y el aserto social—
La presencia se define
como un recorte en esa oscuridad,
—el texto me rodeaba para nombrarme preso—,
un agujero blanco que,
a diferencia de uno negro (que es la ausencia y su
acceso), deja escapar energía y sustancia en lugar
de tragarla:
he aquí el hijo de la deposición
Yo niego el Aqueronte, la alambrada:
el infierno somos todos, y
abandoné toda esperanza
cuando aquí entré, confiado en
la mano de un dios y mi carne deficiente
Me acerco, indefinidamente, a mi ser, sin llegar
nunca a tocarlo.