a Aníbal Núñez, sin duda.
furtivos resplandores adolecen pájaros y esfera,
enmascárase la impenetrable sirena en su luz,
su escama
última espuma de un vuelo, oh fuga,
que no acaba, rumbo a mis ojos,
si no que
en los arrecifes estrella su nombre al olvido,
preferido a toda excelencia, a toda quincalla,
dulce agonía del orgullo: líquida es la negación
—Orfeo lo supo mientras dormía—
es tiempo de equinoccio y rapiña,
de sienes olvidadas por las chispas del rescoldo,
cuya materia se disputaban dios y
un poeta, para bautizar, inútilmente, un oasis
en el océano
una vez el paisaje queda a oscuras,
la habitación, los sueños —aquella fortaleza—,
incluso la belleza y el cadáver
caen derrotados,
como el póstumo paseante de la ciudad ajena1, ante el
último aliento del poniente combate, y su hado.
1 del poema Itsasoaren heriotza, de Aníbal Núñez.