Solo podía morir como perdedor,
ilusorio y desorbitado,
persiguiendo el ideal
del paraíso que se vislumbra en la insolencia
que descansa en la noche soberana,
como una anécdota arrancada a la vida
—extraño país del que, exiliado,
la luminosa cabellera esquivo
yo, que soy testigo
del arte en los propósitos, yo
que en mil instantes fantasmagóricos
tengo la lejanía en mi mano
como una corona negra, como
un pez simbólico (...)
Bellos ojos que
llenáis del veneno oprobio mi cabeza,
buscad refugio en el falso azul de la noche
de quién así ama, y queja.
1 del poema Nocturno I, de Rubén Darío.
siguiendo el Prólogo, de Rubén Darío a Iluminaciones en la sombra, de Alejandro Sawa.