torpemente incesante he vivido,
tropezando con las claves y cadencias del acto,
mas,
es peor confiar en la rendición
que caer, al fin, en el desahucio,
en la oscura certeza de una lengua que dice su
palabra disonante
testigo he sido
del sendero de la memoria,
que apenas escoria ofreció a mi silencio,
mas allá de vivir colgado
cabeza abajo, en un experimento intuido,
animal sujeto al cristal inválido,
en que los fantasmas pasan la noche, y claman
por la llegada del signo que sea
nada cierta:
ínfima voz que arruine a los dioses
el festín descarnado de la vida y su espectáculo
pues nada será el poema que acaricie mis labios
en las esquinas de mi cuarto
o sobre mi cama,
muñeca fui, prueba de amor,
hijo de una noche
que guarda el secreto cruel de ser
bajo la almohada,
ámbar-incienso rojo-nacarado que,
lentamente en un rito infiel se derrama, y arde.