El poema es la impotencia de anunciar,
el secreto que no es venal,
un oráculo que encarnar sin la palabra,
es
querer decir, sin ser capaz o consciente,
un modo que inscriba la muerte
para huir de la paz de los vencedores.
Glosa, oh poema, la boca de tu prójimo,
reescribe los humores
la víscera palpitante, desnuda y expuesta,
que ni siquiera el sol es capaz de secar,
pon en práctica
la quemadura del silencio
y lee, después, las cenizas
como en un teatrillo de sátiros y ménades
de plástico
—hipócrita sociedad del espectáculo—
en que el poema es
el olor de mi cuerpo abatido, y el trabajo
el único verbo del sujeto.
Bajo esta piedra dejé ayer el excremento,
porque no ofendiera, o, quizá,
por temor.