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Aparenta que



no por afinidad o por reflejo1



Nunca es triste el símbolo,
nunca lo fue.
      Deja que entren los bosques
y te arañen,
deja que
las cúpulas no brillen y
el perro lama con su árida lengua
la casa de los cristales,
que la sangre sea un libro dorado, y no
la piedra atada al cuello de la lluvia.

Queden pues disculpados
el gusto y la lejanía
y, más aún,
el aroma celeste del testigo,
cobijado en la maleza ordinaria del día
de tanto atónito abismo.
           Que el símbolo
sea candela y musgo
frente al terrible imperio de la ley,
y que no expire bajo el galope del poema,
pájaro blanco perdido en el instante,
mezclado de grava y cemento.


1 de Garganta de los caballeros, de Aníbal Núñez.