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Alabanza de las fresas silvestres

—poética—


           y al ángel dile que se pudra,
que deje de andarse por las ramas,
que aún una palabra hace daño al caballero
elevando la matanza a la categoría de poema

dile,
  que la inquietud por el incierto porvenir
el más salvaje la añade a su lista,
y que la dependencia es ceguera en un mundo de ojos

yo seré Ícaro, tan solo para estrellarme
en el nombre de aquello que destruye todo,
encerado, más allá de cuerdas y adherencias,
a la estela de sus pareceres y lenguas abatidas

los poetas, convocados, aspiran el humo de la misma
chimenea, y
una voz, sobre el limo de las bestias nuevas,
desentona:
el polvo de tu mármol ya lo sabe1, bajo la bóveda del cielo.


           y es que, ahora, aquí mismo,
una mano afín se refugia al amparo de la mirada,
de la piedra inerme que se rompe
en el espejo del bello suceder:
un canto, un lago o una órbita imprudente,
lejos de la ficción amable

volverán a converger, fuera de juego, mano y lengua,
una vez profanada el agua
químicamente impura de los cristales, y la boca
poética, que gravemente disimula en su cava el dolor,
extinta ya la trampa de la maleza moral,
—ni máscara, ni fe ciega—
su mariposa roja y negra, del lugar indemne, dejará
caer.


siguiendo azarosamente Obra poética I, de Aníbal Núñez.
1 del poema Ruinas de Diderot, del mismo autor.