Temo y adoro que no haya fondo.
Que tiemblo como el albañil que
quiere poner andamios al cielo estrellado...
que no puedo avanzar y, sin embargo,
avanzo en la catástrofe diaria de todos los límites
de mis sentidos, igualmente estrellados o,
quizá, debería decir constelados
sobre la blanca hoja de un árbol que
se niega a crecer
—todo mi respeto—
en el poema deshacer,
entre palabras como dedos,
el espacio sensible de los fenómenos,
buscando como el ingeniero
el golpe final de la materia que lleva mi nombre,
y encontrar en el agujero
el centro de nada
el juego de todo
el último hilo, hoy,
de un cuerpo que se deshace
bajo la propia mirada racional
¿es este grafito que ensucia el blanco
la sangre de mi pensamiento, o
solo su excremento?
—como sabía que ella me iba a pedir el libro de texto,
escribí en la página actual:
"En caso de aburrimiento ir a la página XXX",
y en dicha página rematé:
"A que te has entretenido buscando la página".
Vi su sonrisa y el juego mereció la pena, supongo.
Ahora le diría: "No esperes nada más".
El brillo de esta condena al tiempo y su consciencia
es que la búsqueda es sentido, juego.
No espero nada más.