si me deshago, tú desapareces1,
porque no eres sino mi sombra
la luz te crea contra mi cuerpo
eres mi saliva derramada
no, no sueñes, no eres dios,
mírate, escúchate
y verás que tu presente es negro
negro encerrado en la palabra
como yo en mi cuerpo negro
ves, somos lo mismo,
el aire de un momento quieto
el crujido de la nieve bajo el pie,
por eso, si me deshago, tú desapareces
yo soy la bobina de tu tejido
y tú giras en mi cabeza como una corona eléctrica,
sin carne, sin sangre, con aliento,
como un zumbido de moscas absurdas,
yo no soy tu madre
esa luz desconocida
se curva contra mi carne
como la voz del perro que me mira
y tú eres el eco
de la oración en la iglesia o el canto,
esa escoria que nadie entiende
eres la sombra que no se rompe
pues, si te rompes, desaparezco,
el grito de un cuervo hambriento
la triste quietud de su palabra suspendida,
tu quietud, esa quietud,
es la piel que cubre mi desnudez,
mi nombre
1 último verso del poema Hombre y Dios, de Dámaso Alonso.