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Madera de raíz

I

todo es nudo en la raíz,
el plafón1 redondo del techo
su cable seco y caído
empalmado burdamente con cinta,
los cuadros de flores muertas
y el armario normando
     –donde Marcelle, sin duda, se masturbaría2
su cuerpo robusto de árbol domeñado,
el interruptor que apenas coarta la luz
y el picaporte impotente

toda aquella madera vieja
y el crujir del suelo y su inexplicable equilibrio,
la silla que usé de barco en la infancia
     –cadira3 loca que se balancea
el dios ausente de las grandes cosas
sobre el cabecero donde atar tus manos,
y el colchón de lana criado a golpes

los reflejos de una lámpara cuadrada
sobre la blanca monotonía de la pared4,
en la blanca estancia,
y una escarcha de luz enrejada
digna de un cenobio o de un burdel

todo daba vueltas alrededor de aquel plafón
en una conjura de raíces y memoria,
en un tiovivo sin caballos, desordenado,
imprevisible espacio del recuerdo y la traición
donde ser algo más que una baldosa tibia

la puerta perdió la llave y el ojo está vacío
y todo es corriente, aire y remolino,
cortinas que han visto la vida
morir en su calado tejido
y apenas bailan,
y un espejo donde ella se miró desnuda
en un tiempo parado y deslumbrante,
una polilla enamorada
en la noria numinosa de la vela,
la última hora del reloj de pared

miro el plafón como ella su reflejo.
     todo está detenido.
          soy yo quien gira.


II

la mesa redonda, la mesa cuadrada,
las moscas paradas, en el aire
de un retrato de boda que el viento ha torcido,
el rayo de sol que corta la penumbra
poniendo nombre al polvo,
leyendo con los dedos los santos del calendario

las tripas del reloj suenan
     –la hora del lobo5
y le decimos tiempo,
casualmente redondo,
tiempo contra la memoria del hombre
contra su esqueleto blanco roto,
un pozo negro por iluminar,
leña para un invierno que te expulsa

la paradoja aparece,
y el plafón se alinea en el reloj,
y toda la blancura de uno
se funde en el pozo del otro
en un eclipse de negación,
materia y antimateria de la memoria,
culto del espacio sin tiempo,
muerte del autor
suicidio con trampa, narcisista
como el crucifijo que tiembla
frente a los animales que follan
en el viejo somier familiar

todo el polvo de su memoria se desprende en los embates
y es leído por el sol, revelado
por sus manos en un hilo de seda que flota
un día cualquiera,
     –a veces, el domingo6–,
y las palabras se dibujan
más allá de su sentido,
cesan el ruido los insectos,
la madera,
la corriente de aire del espejo
y el óxido de los recuerdos encerrados en él


III

ese espejo7 enfrentado a la nada de la pared
es la memoria diluida en la cabeza,
un universo cuadrado
de tierra pisoteada por el tiempo,
la luz a la mano
y a los pies un muerto,
     me dice el plafón,
un muerto que tiene mi nombre,
que ya no suspira al sentarse en la silla8
cercada en la esquina
     –carne cansada de Bacon–
transfigurada por el sol y el agotamiento,
mientras una avispa lucha
contra los hilos sueltos de la cortina

y con mi nombre veo
el ojo del techo moverse9, borracho,
sin poder alcanzar el blanco de los muros
ni la elegancia de la silla,
es un mundo intermedio
entre la historia y yo,
en la escena clave del monolito armario10
que lo guarda todo
para alimentar a las polillas,
callado, serio
a los pies de mi cama

   —¿qué me quieres? —le digo,
   —nada, —responde
   —¿entonces?, —insisto,
   —nada, —termina

y bajo las sábanas muere así este amanecer
contra el cabecero11 alado que me colma,
junto a la puerta12 que nunca se cierra
y deja pasar un esqueje de luz que se arrastra,
una flecha
con la que construyo el tiempo
desde el camastro de mi niñez,
tallado en madera de raíz y cieno

Las palabras persiguen a las imágenes. Imágenes reales, miradas que se cruzan formando un tejido, el poema. Por eso incluyo las imágenes referidas en estas notas. Otras faltan, pero su indeterminación no es menos importante.

1 El plafón.
2 Marcelle es uno de los personajes de Historia del ojo, de Georges Bataille. En una orgía juvenil, Marcelle decide refugiarse en un armario normando donde se masturba y... Este collage ya trabajó esta imagen.
3 "silla", en catalán. Esta imagen estaba en mi mente.
4 La pared blanca
5 La hora del lobo, película de Ingmar Bergman. El sonido –tictac– de un reloj "es extraído de su función diegética para simbolizar suspense emocional." Semántica del sonido ambiente en la obra cinematográfica de Ingmar Bergman, de Paloma Hernández García.
6 Frase de un intertítulo de la película La edad de oro, de Luis Buñuel: Parfois, le Dimanche.
7 El espejo.
8 La silla en la esquina.
9 El ojo que se mueve. El plafón.
10 El plano del monolito negro a los pies de la cama del astronauta Bowman en la película 2001, una odisea espacial, de Stanley Kubrick.
11 El cabecero.
12 La puerta. El picaporte impotente..