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El bosque de Ouidah

están ahí, pero no se ven,
la piedra es mi aldea
la piedra erosionada por la lluvia
donde vive el espíritu,
ojos de concha,
plumas

no se piensa, se siente,
se abandona al cuerpo la mente
dejo de ser por un instante persona
se es espíritu sabio,
familiar muerto o guerrero

fetiche sagrado es el elefante
el árbol, la tierra, el fuego,
y por el aire la noche vuela
en el polvo rojo del suelo,
es un pájaro informe, demente:
un hombre dibuja un cocodrilo
en la pared blanca de su casa

y girar
girar sobre mi impureza
como la tierra ensimismada
en su eje,
el agua y el ruego se imploran
en la danza ritual,
en el claro de luna del bosque,
espíritus danzantes,
sin carne

la piedra en el centro,
hemisferio caído o surgido
en la tierra roja,
los pies en la tierra roja
y el cuerpo retorciéndose
para dejar de ser esclavo

la puerta del no retorno espera
al final del camino de arena,
frente al mar,
la nada,
será el árbol del olvido
la escultura que la boca nombre
cuando nada más se pueda decir
y no se piense y solo se padezca

porque nadie vuelve
al bosque de Ouidah,
los dioses vivientes en estatuas,
alguien danza ebrio el trance
con el rostro pintado de blanco
ignorante de los demás,
hasta que otro
le salve de si mismo,
de su vuelo insensato,
de su ser excedido