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Rev

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El mundo es la proyección de la pupila,
la sombra arrojada fuera de ese instante en que no miro,
y el momento, la noche.

Sombra en la sombra es lo mirado.
Así el deseo me arroja las agujas heladas de los cuerpos,
para mantenerme fijo, extático,
a través de esa pupila que hace el mundo mío, fugazmente.

Que en el cruce siento que recibo,
que soy la plancha de cobre bajo el buril,
pero sin reflejo, sin defensa, madera sin nudo.
Me descubro pieza inscrita en lengua universal,
delación continua.

Mi posición, entonces, es la del vaso que recibe el agua,
humedecido,
y que piensa en su desbordamiento: teme y anhela ese momento.

Así me llega ella, llagando el cristal de mi pupila.
Mariposa cosida a la verticalidad,
quedo fuera del tiempo y en un espacio muy pequeño,
físicamente como un cilindro,
una columna que sostiene, solamente,
la ambigüedad y el sometimiento de la turbación.

No hay giros que anuden mis pestañas,
que me hagan dudar por un instante de la presencia,
delante de mí,
del milagro agresivo cotidiano.

La máquina así creada, ritual y lúbrica,
soy yo.

El mundo y los cuerpos son lo mismo,
el más allá de mí, el extrarradio de mi cuerpo
y otro sistema que mi mente.

Porque cuanto más me interno en el pensamiento,
cuando la superficie quedó lejos,
más lejanos siento los latidos ajenos,
incluso no existen.

Ese mundo que siempre está, redondo,
oscureciéndose por los bordes,
líquido y pasajero,
es como un intercambio de miradas hacia la izquierda
en plena acera de la derecha,
un anticipo de nada y un presagio de todo.

Genera el ansia de más allá,
de duración, de piel y de final.
Es un torbellino de desnudamiento,
deconstrucción del deseo en unidades que
nunca terminarán de explicarlo.

Pero esta máquina no descansa.